
I
Al inicio los dos seres -únicos habitantes de nuestras tierras- vivieron separados y desconocían de su existencia el uno del otro.
Ella, la Diosa, se encontraba en la Luz. Y como tal, iluminaba cada paso que daba por largos caminos, ríos, montañas y mares; pero sin saber por qué lo hacía.
Un día, la Diosa llegó a un lugar que le hizo sentir por primera vez algo que ella desconocía. Miedo.
Estaba frente a una pared rocosa tan alta que se perdía en un horizonte oscuro. Delante, se extendía la penumbra.
Sin embargo, la Diosa sabía que su destino estaba dentro de aquella oscuridad. Entonces caminó, y sintió que el primer paso dentro no era oscuro como se veía por fuera, pero tampoco era iluminado, radiante.
De inmediato percibió un ambiente marchito. El suelo casi seco, crujía a cada paso. Los árboles dibujaban curvas con sus ramas rozando la tierra, como escombros de un antiguo viento incontenible y perverso.
La Diosa se dio cuenta de la ausencia de la brisa del mar, del viento que desciende de las laderas, o el sonido del verde pasto en baile tierno. Todo era silencio. Como si algo hubiera muerto y, muerto con él, todas estas tierras.
Fue entonces cuando un estrépito comenzó a inundar todo el aire. Iba creciendo cada vez más rápido. Más fuerte. Más rápido. Y se detuvo.
Frente a ella, se hallaba inmutable y sin expresión alguna, un corcel; de un pardo tan oscuro como la tristeza humana, pero a la vez misterioso que atraía con innegable pasión.
La Diosa levantó suavemente su mano hacia la frente de la imponente bestia. Los ojos del animal brillaron con una mezcla de locura e inocencia febril. Su cuerpo comenzó a estremecerse, pero resistía y no se movía. Como si presintiera.
En un instante corto como un suspiro, el corcel que yacía se tornó en un hombre. Un hombre, alto como el corcel que fue y con la piel del color de la misma tierra marchita, y los ojos negros como la penumbra donde habitada. Pero su mirada era nueva. Acababa de nacer.
El hombre alzó lenta y torpemente su mano izquierda hacia la mejilla de la Diosa, quien no puso reparo alguno. Contrario a lo que esperaba, ella sintió que su torpeza se convertía en ternura y calidez al rozar lentamente su mejilla derecha. Vio la mirada de aquel hombre cambiar ligeramente y pudo ver también en sus labios una sonrisa. Ya su brazo no temblaba, ni se movía torpemente. El hombre sabía lo que hacía y a quién acariciaba.
Luego, privó por un momento de la ternura de sus caricias a la Diosa para entrelazar sus manos. Y es entonces que el hombre dio sus primeros pasos. Caminó hacia ella. Y se colocó a su lado.
Por primera vez dejaron de verse para apreciar, con ojos de hombre y diosa, el vasto horizonte de la tierra que tenían delante, ante sus ojos. Es entonces cuando comenzaron a caminar. Y a cada paso que daban se iluminaba la tierra, recuperaba su color y brotaban hierbas de un verde tan intenso como el celeste refulgente del firmamento.
Ella, la Diosa, se encontraba en la Luz. Y como tal, iluminaba cada paso que daba por largos caminos, ríos, montañas y mares; pero sin saber por qué lo hacía.
Un día, la Diosa llegó a un lugar que le hizo sentir por primera vez algo que ella desconocía. Miedo.
Estaba frente a una pared rocosa tan alta que se perdía en un horizonte oscuro. Delante, se extendía la penumbra.
Sin embargo, la Diosa sabía que su destino estaba dentro de aquella oscuridad. Entonces caminó, y sintió que el primer paso dentro no era oscuro como se veía por fuera, pero tampoco era iluminado, radiante.
De inmediato percibió un ambiente marchito. El suelo casi seco, crujía a cada paso. Los árboles dibujaban curvas con sus ramas rozando la tierra, como escombros de un antiguo viento incontenible y perverso.
La Diosa se dio cuenta de la ausencia de la brisa del mar, del viento que desciende de las laderas, o el sonido del verde pasto en baile tierno. Todo era silencio. Como si algo hubiera muerto y, muerto con él, todas estas tierras.
Fue entonces cuando un estrépito comenzó a inundar todo el aire. Iba creciendo cada vez más rápido. Más fuerte. Más rápido. Y se detuvo.
Frente a ella, se hallaba inmutable y sin expresión alguna, un corcel; de un pardo tan oscuro como la tristeza humana, pero a la vez misterioso que atraía con innegable pasión.
La Diosa levantó suavemente su mano hacia la frente de la imponente bestia. Los ojos del animal brillaron con una mezcla de locura e inocencia febril. Su cuerpo comenzó a estremecerse, pero resistía y no se movía. Como si presintiera.
En un instante corto como un suspiro, el corcel que yacía se tornó en un hombre. Un hombre, alto como el corcel que fue y con la piel del color de la misma tierra marchita, y los ojos negros como la penumbra donde habitada. Pero su mirada era nueva. Acababa de nacer.
El hombre alzó lenta y torpemente su mano izquierda hacia la mejilla de la Diosa, quien no puso reparo alguno. Contrario a lo que esperaba, ella sintió que su torpeza se convertía en ternura y calidez al rozar lentamente su mejilla derecha. Vio la mirada de aquel hombre cambiar ligeramente y pudo ver también en sus labios una sonrisa. Ya su brazo no temblaba, ni se movía torpemente. El hombre sabía lo que hacía y a quién acariciaba.
Luego, privó por un momento de la ternura de sus caricias a la Diosa para entrelazar sus manos. Y es entonces que el hombre dio sus primeros pasos. Caminó hacia ella. Y se colocó a su lado.
Por primera vez dejaron de verse para apreciar, con ojos de hombre y diosa, el vasto horizonte de la tierra que tenían delante, ante sus ojos. Es entonces cuando comenzaron a caminar. Y a cada paso que daban se iluminaba la tierra, recuperaba su color y brotaban hierbas de un verde tan intenso como el celeste refulgente del firmamento.
II
Muchos días pasaron recorriendo el nuevo territorio. Se separaban de vez en cuando. Ella para sembrar hermosos árboles colmados de frutos y Él para labrar la tierra, creando ríos que bañen los árboles de su amada.
Cuando vieron su obra, los dos juntaron sus manos y cruzando sus miradas sintieron en sus oídos unas palabras. Una voz que nunca habían escuchado, pero sabían era familiar:
"Ordeno entonces que hagan de su trabajo, su futuro.
Ordeno pues que sus cuerpos sean templos el uno para el otro.
Ordeno que saquen el mayor provecho a los frutos de esta tierra.
Y ordeno que hagan su hogar junto a aquel árbol
y no descansen nunca, pues del trabajo vivirán."
Ordeno pues que sus cuerpos sean templos el uno para el otro.
Ordeno que saquen el mayor provecho a los frutos de esta tierra.
Y ordeno que hagan su hogar junto a aquel árbol
y no descansen nunca, pues del trabajo vivirán."
El hombre y la Diosa, luego de escuchar estas palabras, se miraron fijamente por varios minutos, como si se comunicaran.
Pasado un tiempo, el hombre dibujó en su rostro una sonrisa, que acompañó sus primeras palabras dirigidas a su Diosa:
- Vida. Sigamos nuestro rumbo. Hagamos nuestro destino. Regocijémonos en nuestras obras. Y llenemos este reino del fruto de nuestro amor por siempre y para siempre juntos.
El brillo intenso y encantador de la Diosa se atenuó ligeramente para iluminar el cuerpo de su amado, quien comenzó a emitir una luz similar a la de la Diosa, pero nunca tan hermosa. Y con una sonrisa, ella dijo:
- Amigo. Compañero. Hagamos de este encuentro una vida. Nuestra vida. Sembremos el amor -nuestro amor- a cada paso, y cosechemos su fruto en la eternidad.
Dicho esto se unieron en cuerpo y luminosidad, cubriendo todo su reino de un blanco sagrado. Y así pasaron algunos meses.
III
Un día la luz se atenuó para dejar entrever que, entre ellos, yacía el fruto de su amor; más luminoso que la Diosa y tan imponente e inocente como el hombre:
- Bienvenida amor. Bienvenida Luma –alzaron al unísono sus voces.
- Esto es tuyo. Nuestro, ya no más –le susurró él.
- Siembra y cosecha nuestro amor, pues del amor habremos de vivir –le acarició la Diosa con su voz.
Luego la Diosa y el hombre, realizados y extasiados por su obra, juntaron sus labios en el rostro de su fruto. En las mejillas de Luma. Y se elevaron viajando lentamente en sentidos opuestos, pero siempre mirando hacia el centro. El uno al otro. Hacia Luma.
No había momento donde le faltase uno de los dos, en cualquier lugar donde se encuentre velaron por Luma. Noche y Día. Padre y Madre. Luna y Sol, vieron con el tiempo los frutos de su hija Luma en su reino, lleno de hombres y mujeres hijos de Luma. Nietos de la Diosa y el hombre.
IV
Luma siempre mantenía viva la historia de su creación en sus hijos, y en los hijos de sus hijos, por cientos de años. Y fue una buena líder. Una sabia mujer.
Pero cuentan, los que tuvieron el honor de verla en su juventud, que en su mirada no sólo había generosidad y compasión, sabiduría y justicia; sino también una melancolía intrigante. Como si esperara por alguien para estar a su lado.
Para Luciana Mariel, Luma.
De alguien eternamente suyo.
Un simple mortal.
3 comentarios:
La primera vez que leí esta historia, hizo que revivíera cada momento maravilloso. Y es que Luma es eso: "El mejor desenlace, de la mejor historia de amor, hecha por los mejores enamorados"
Te amo.
Tu esposa Diana.
Que hermosa historia. Sin duda la esencia del amor puro se instalo en el centro de esa unión, y hoy como desde un inicio hay mucho color rosa para lo que queda vivir. Que lindo es darle ese espacio a una dama, más aún reconociendo el valor de su razón de ser, tan mágicas y sensibles como somos. Muy buen escrito sigue con otros asi de buenísimos. Saludos y deseos de mucha felicidad.
Querido, amigo!
Hoy como ayer, nuevamente, germina el arte que llevas dentro. Encanta la sencillez del texto y el plasma del caballo, que despliega por el ser amado. De cierta manera todos siempre evolucionamos; pero el paso más grande siempre se dará por amor.
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